
El retroceso del PBI per cápita en Argentina no es un fenómeno reciente, pero se agravó en los últimos años y expone un problema estructural: el país produce cada vez menos riqueza por habitante. Aunque hubo un rebote económico en 2025, los datos muestran que la recuperación es desigual, frágil y no alcanza a revertir una tendencia de fondo que se arrastra desde hace más de una década.
El dato central es contundente: el PBI por habitante viene cayendo o estancado desde hace al menos diez años. Distintos informes coinciden en que, aun cuando la economía crece en algunos períodos, ese crecimiento no logra compensar el aumento poblacional ni las crisis recurrentes. Como resultado, la riqueza promedio por persona es hoy menor que en varios momentos del pasado reciente.
La tendencia se volvió más visible en los últimos años. Según estimaciones recientes, el PBI per cápita de 2025 se ubica por debajo de los niveles de 2016-2017, lo que refleja un deterioro acumulado incluso después de ciclos de recuperación.
Un problema que no empezó con Milei, pero se profundizó
Para entender el proceso hay que mirar más atrás. La economía argentina arrastra un largo ciclo de estancamiento: entre 2012 y 2023 el crecimiento fue prácticamente nulo en términos per cápita.
Cuando asumió Javier Milei en diciembre de 2023, heredó una economía con alta inflación, déficit fiscal y caída de la actividad. Sus primeras medidas —ajuste fiscal fuerte, devaluación inicial y recorte del gasto— profundizaron la recesión en el corto plazo.
Ese shock tuvo consecuencias inmediatas: caída del consumo, aumento de la pobreza en 2024 y contracción del nivel de actividad.
Si bien en 2025 hubo una recuperación del PBI (alrededor del 4,4%), ese rebote no alcanzó a recomponer completamente la caída previa ni a mejorar de forma homogénea el ingreso por habitante.
Las razones detrás de la caída
El deterioro del PBI per cápita responde a una combinación de factores estructurales y decisiones de política económica:
- Ajuste fiscal y recesión inicial: la reducción del gasto público frenó la demanda interna y afectó sectores como la industria y la construcción.
- Desigualdad sectorial: el crecimiento se concentró en el agro y las finanzas, mientras actividades intensivas en empleo siguieron cayendo.
- Apertura y tipo de cambio: la apreciación del peso y la apertura comercial impactaron negativamente en la producción local.
- Caída del empleo industrial: se destruyeron puestos de trabajo en sectores clave, reduciendo ingresos y consumo.
En paralelo, el propio diseño del programa económico generó una tensión central: bajar la inflación a costa de enfriar la economía. Esa disyuntiva sigue vigente y limita la recuperación del ingreso por habitante.
¿De quién es la responsabilidad?
Atribuir la caída exclusivamente a Milei sería simplificar demasiado el problema. La tendencia negativa del PBI per cápita es previa y responde a años de bajo crecimiento, crisis recurrentes y falta de inversión sostenida.
Sin embargo, su gobierno sí tiene responsabilidad en el agravamiento reciente por dos razones clave:
- Profundización del ajuste en el corto plazo, que aceleró la caída inicial de la actividad.
- Modelo de crecimiento desequilibrado, que no logra expandirse en sectores que generan empleo masivo.
En ese sentido, más que originar el problema, la gestión actual lo expone con mayor crudeza: una economía que puede estabilizar precios, pero todavía no logra generar riqueza de forma sostenida para su población.
Un rebote insuficiente
Aunque las proyecciones hablan de crecimiento moderado hacia 2026, el desafío sigue siendo estructural. El propio comportamiento reciente muestra una economía con “ganadores y perdedores”, donde la mejora no se traduce automáticamente en bienestar general.
El verdadero problema no es solo que el PBI suba o baje, sino que el país no logra sostener un crecimiento per cápita consistente en el tiempo. Y sin eso, cualquier recuperación será parcial.
