El salario cae, el relato sube: Milei, la economía real y la política del privilegio

Mientras el Gobierno celebra indicadores financieros y estabilidad macro, una encuesta revela un dato incómodo: el 70% de los propios votantes de Javier Milei reconoce que su salario perdió contra la inflación. El contraste entre discurso y realidad no solo expone el deterioro del poder adquisitivo, sino también una forma de hacer política cada vez más cuestionada, atravesada por escándalos, privilegios y una narrativa que empieza a mostrar fisuras.


El dato es demoledor porque no proviene de la oposición, ni de sindicatos, ni de economistas críticos: surge del propio electorado oficialista. Siete de cada diez votantes de Javier Milei aseguran que sus ingresos no logran ganarle a los precios, en un contexto donde además se recortan gastos esenciales y la economía se consolida como la principal preocupación social.

La escena es conocida en la Argentina reciente: mientras los números macroeconómicos buscan mostrar señales de orden —baja del déficit, estabilidad cambiaria, mejora en activos financieros— la vida cotidiana sigue una lógica completamente distinta. Incluso el propio presidente ha insistido en destacar el buen desempeño del mercado y del peso, como si esos indicadores fueran suficientes para explicar la realidad de millones.

Pero la economía real no se mide en gráficos de Wall Street ni en el riesgo país. Se mide en changas, en consumo, en la góndola. Y ahí los datos son consistentes: los salarios vienen perdiendo contra la inflación en distintos sectores y las paritarias corren por detrás de los precios.

Ese deterioro no es menor ni coyuntural. Informes recientes muestran caídas significativas del poder adquisitivo e incluso destrucción de empleo formal en el período de gestión. La promesa de que “el ajuste lo paga la casta” empieza a chocar con una percepción social cada vez más extendida: el costo lo están absorbiendo los trabajadores.

Y ahí aparece el segundo problema, quizás más profundo: la brecha entre el discurso político y las prácticas reales del poder. Porque mientras se exige austeridad social, empiezan a acumularse episodios que muestran otra lógica puertas adentro del oficialismo.

El caso de la criptomoneda $Libra, en el que el propio presidente quedó envuelto en cuestionamientos, abrió una grieta en la narrativa anticasta que había sido central en su campaña. A eso se suman investigaciones y sospechas sobre figuras clave del Gobierno, incluyendo al vocero presidencial Manuel Adorni, cuya situación patrimonial fue puesta bajo la lupa en encuestas y debates públicos.

Pero hay algo más estructural, que el orfebre Juan Carlos Pallarols sintetizó con crudeza: la política como espacio donde “se compran lugares”. La frase no es casual ni aislada. Apunta a una percepción histórica de la política argentina, pero que en este contexto adquiere un matiz particular: un gobierno que llegó denunciando privilegios y termina envuelto en prácticas que muchos consideran similares.

La acumulación de reuniones políticas, negociaciones cerradas y armado de poder en círculos reducidos refuerza esa sensación. Mientras el discurso sigue apuntando contra “la casta”, la práctica parece reproducir —con otros nombres y actores— los mismos mecanismos de siempre.

El problema es que, a diferencia de otros momentos, hoy esa tensión convive con una economía que no da tregua. La inflación, lejos de desaparecer, sigue condicionando el día a día, con subas persistentes en alimentos y bienes básicos. Y aunque el Gobierno insiste en que el proceso de estabilización está en marcha, incluso análisis internacionales advierten que la pelea contra los precios muestra signos de estancamiento.

En ese contexto, la política deja de ser un debate abstracto para volverse experiencia concreta. Porque cuando el salario pierde, el relato también empieza a perder eficacia.

La paradoja de Milei es cada vez más evidente: mantiene niveles de apoyo relevantes, pero enfrenta un desgaste creciente en la percepción social. Encuestas muestran un deterioro en las expectativas económicas y una preocupación cada vez mayor por la situación cotidiana.

La pregunta ya no es solo económica, sino política: ¿cuánto tiempo puede sostenerse un modelo donde los indicadores celebrados por el poder no coinciden con lo que perciben quienes lo votaron?

Porque cuando el ajuste deja de ser una promesa abstracta y se convierte en experiencia cotidiana, ya no alcanza con explicar. Hay que mostrar resultados. Y ahí, por ahora, la realidad parece ir varios pasos adelante del discurso.

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