Por Valerico Morisi
Artículo publicado originalmente en Buenos Aires Connect

¿Qué pasaría si un malentendido surgiera dentro de un grupo de autoayuda? Probablemente la moderación de quien lo coordina podría encauzar el conflicto antes de llegar a consecuencias graves.
Pero en Splatter Rojo Sangre el problema es otro: quienes asisten al grupo son asesinos seriales y quien dirige la sesión es, además, un depredador sexual. La obra se presenta en Fandango Teatro en Villa Crespo durante todo mayo (con un impás en el mes del mundial) y Daniel Dalmaroni en la escritura y Alexis Quartino en la dirección, construyen un espectáculo donde el terror, el grotesco y el gore se convierten en experiencia colectiva.
Splatter Rojo Sangre: un tic tac hacia el desastre
Apenas el público entra a la sala, una figura vestida completamente de negro recibe a los espectadores tocando una melodía ominosa en violín. Desde ese instante comienza un tic tac persistente que atraviesa toda la obra. Más que marcar el paso del tiempo, ese sonido funciona como un temporizador de lo inevitable: algo va a explotar. Hay una sensación constante de cuenta regresiva, como si cada confesión y cada interacción acercaran un poco más a los personajes al desborde.
A medida que avanzan las escenas aparecen figuras familiares para cualquier amante del terror: la mujer aniñada que se queja porque le pican sus partes íntimas después de haberse comprado una tanga en la calle; otra llora desconsoladamente mientras se aferra a un rosario, como si la culpa todavía pudiera salvarla; un hombre de tiradores y manos rígidas parece incapaz de contener la violencia que lo atraviesa, la viuda negra, la envenenadora, el asesino sexual, la víctima convertida en monstruo por una historia de abuso, el criminal impulsivo que mata en un atropello y fuga. La obra entiende perfectamente algo fundamental: el público del terror disfruta reconocer tropos.
El teatro del horror y la tradición del Grand Guignol
Splatter Rojo Sangre no intenta escapar al cliché sino utilizarlo como lenguaje compartido. Hay algo profundamente lúdico en ese reconocimiento. El espectador sabe qué tipo de personaje está viendo incluso antes de que hable. La obra trabaja sobre la memoria colectiva del slasher, del exploitation y del cine gore para construir una experiencia que se mueve entre la incomodidad, el humor negro y el exceso.
Pero quizás el aspecto más interesante de la puesta sea cómo recupera una tradición teatral que parece olvidada: la del Grand Guignol parisino de finales del siglo XIX y principios del XX. En aquel teatro, el público asistía específicamente para ver mutilaciones, asesinatos, sangre falsa y efectos especiales artesanales. No se trataba solamente de miedo, sino también de fascinación.
La sangre, los órganos y las heridas expuestas formaban parte del espectáculo. Y el espectador encontraba placer precisamente en ese artificio visible. Splatter Rojo Sangre retoma parte de esa lógica. Hay una reivindicación del truco teatral: la sangre exagerada, las vísceras falsas, los cuerpos deformados y la teatralidad explícita del horror no buscan realismo sino impacto.
En tiempos dominados por efectos digitales y pantallas, la obra recupera algo artesanal. El gore aparece como mecanismo escénico, casi como una atracción de feria macabra donde el público disfruta tanto del horror como de la forma en que ese horror está construido.
Cuando el teatro se vuelve cine
La puesta también encuentra momentos particularmente potentes en el uso de la iluminación y las sombras. Hay un espacio específico donde los cuerpos son proyectados deformados sobre una superficie iluminada, generando imágenes que remiten tanto al expresionismo alemán como al cine slasher.

Ese trabajo visual es uno de los grandes aciertos de la puesta porque permite que el horror no dependa únicamente del shock gore. Hay una construcción atmosférica que entiende que el terror también puede surgir de la imagen y no solamente de la sangre.
El disfrute de la violencia
Vivimos rodeados de imágenes violentas. Las redes sociales, los noticieros, el true crime, y los discursos políticos agresivos transformaron la violencia en una forma más de circulación visual. En ese contexto, el gore deja de ser solamente una estética marginal para convertirse en un espejo deformado de la época.
Lejos de buscar el prestigio solemne del teatro tradicional, Splatter Rojo Sangre abraza el exceso y el mal gusto como identidad estética. Y justamente ahí encuentra buena parte de su potencia. Es una obra pensada para fanáticos del terror, para quienes crecieron viendo slashers, películas exploitation y cine clase B cargado de sangre y exageración.
Pero también funciona como recordatorio de que existen otras formas posibles de hacer teatro. Propuestas donde el artificio, el shock y el morbo no son defectos sino parte central del dispositivo.
Porque debajo de la sangre falsa, las sombras y los órganos expuestos, aparece algo más inquietante: una sociedad que hace tiempo convirtió la violencia en espectáculo.
¿Dónde tomar y picar algo en Villa Crespo, después o antes de la función?
Luego de salir, el barrio tiene algunos buenos lugares con precios accesibles y buena comida:
- El Torito de Villa Crespo: barato, parrilla estilo bodegón y abundantes platos para compartir
- Molino Norteño: Las empanadas y el tamal son de lo más buscado.
- El Chiri de Villa Kreplaj: Comida judía con toques de magia como dice su descripción.
