
La imagen de Javier Milei atraviesa uno de sus momentos más delicados desde que asumió la presidencia. Distintas encuestas registran caídas sostenidas en su aprobación, en un contexto marcado por escándalos políticos, tensiones internas y un deterioro del clima económico. El malestar social crece mientras se acumulan cuestionamientos por casos como $LIBRA, la situación de Manuel Adorni y decisiones que impactan directamente en el bolsillo de la población.
El gobierno de Javier Milei enfrenta un deterioro sostenido en su imagen pública que ya se refleja con claridad en las encuestas. Diversos relevamientos coinciden en señalar una caída significativa en la aprobación presidencial desde comienzos de 2026, con descensos que en algunos casos superan los diez puntos y ubican su imagen positiva por debajo del 40%.
El fenómeno no responde a una única causa, sino a una combinación de factores políticos, económicos y simbólicos que golpean el núcleo del relato libertario. Por un lado, los escándalos recientes erosionaron el discurso anticasta que había sido central en la construcción de poder del oficialismo.
Entre ellos, el denominado caso $LIBRA aparece como uno de los más sensibles. La investigación apunta a una presunta maniobra con criptomonedas que habría generado pérdidas millonarias y en la que quedaron bajo sospecha el propio Milei y su entorno, incluida su hermana Karina Milei. La aparición de vínculos con el operador Mauricio Novelli y la posibilidad de pagos a cambio de promoción pública del activo generaron un fuerte impacto político.
A esto se suman las polémicas en torno al jefe de Gabinete, Manuel Adorni. Sus viajes, gastos y estilo de vida despertaron críticas que contrastan con el discurso de austeridad oficial. Las encuestas muestran que su imagen cayó con fuerza y que una amplia mayoría de la población lo asocia a hechos de corrupción o incluso reclama su renuncia.
También circulan denuncias políticas sobre presuntos cobros por candidaturas dentro del espacio libertario, lo que alimenta la percepción de prácticas tradicionales en una fuerza que prometía romper con ellas. Aunque no todas estas acusaciones tienen confirmación judicial, su impacto en la opinión pública resulta significativo.
Sin embargo, los analistas coinciden en que el principal factor del desgaste no es político sino económico. La inflación, que había mostrado una desaceleración en meses anteriores, volvió a ser una preocupación central en marzo, junto con la pérdida de poder adquisitivo y la caída del empleo.
El deterioro del ingreso real se traduce en cambios concretos en el consumo. Informes recientes indican una caída en la compra de alimentos básicos, incluyendo productos como la carne, históricamente central en la dieta argentina. Este fenómeno refleja una contracción del consumo que impacta directamente en el humor social.
En este contexto, el descontento crece y se vuelve más visible en distintos sectores. Las expectativas económicas caen y aumenta la percepción de que el ajuste recae de manera desproporcionada sobre amplias capas de la sociedad.
A nivel político, también influye el estilo confrontativo del presidente. Sus intervenciones públicas, muchas veces calificadas como agresivas o prepotentes, consolidan a su núcleo duro pero alejan a sectores moderados. Este rasgo, que inicialmente funcionó como marca distintiva, comienza a tener costos en términos de ampliación de apoyos.
En el plano internacional, el alineamiento explícito con figuras como Donald Trump y Benjamin Netanyahu refuerza el perfil ideológico del gobierno, pero también genera tensiones con sectores que prefieren una política exterior más equilibrada o centrada en intereses nacionales no alineados a conflictos globales.
El resultado de esta combinación es un escenario donde Milei empieza a quedar detrás de figuras opositoras en algunos rankings de imagen, algo impensado meses atrás.
Así, entre escándalos, dificultades económicas y desgaste político, el Gobierno enfrenta un desafío central: revertir un clima social que ya no se sostiene únicamente con expectativas de cambio, sino que exige resultados concretos en la vida cotidiana.
