


Líder religioso chií y principal dirigente de la Revolución Iraní de 1979. Tras el derrocamiento del sha, se convirtió en el primer Líder Supremo de la República Islámica de Irán, instaurando un sistema político basado en el principio del gobierno del jurista islámico.

Estados Unidos volvió a atacar objetivos iraníes y Donald Trump justificó la ofensiva como un intento por frenar al régimen. Sin embargo, la historia entre Washington y Teherán arrastra más de siete décadas de intervenciones, golpes y revoluciones. Para entender el poder de los ayatolás y el clima actual, hay que retroceder a 1953, cuando un primer ministro elegido democráticamente fue derrocado Estados Unios y Gran bretaña.
Cuando se habla del actual liderazgo religioso de Irán, muchos se preguntan cómo un país con tradición institucional terminó gobernado por clérigos chiíes. La respuesta remite a un episodio clave: el derrocamiento de Mohammad Mossadegh en 1953.
Mossadegh había llegado al poder por vías democráticas y tomó una decisión que alteró el tablero geopolítico: nacionalizar la industria petrolera, hasta entonces en manos británicas. La medida afectaba intereses estratégicos del Reino Unido y, en plena Guerra Fría, encendió alarmas en Washington. El temor a que Irán se acercara a la órbita soviética fue el argumento central para intervenir.
La operación encubierta que terminó con su gobierno —organizada por la CIA junto con los servicios británicos— reinstaló en el poder al sha Mohammad Reza Pahlavi. El monarca consolidó un régimen fuertemente alineado con Estados Unidos, impulsó una modernización económica y social acelerada, pero también gobernó con mano dura, violencia desmedida y persecución constante.
Durante más de dos décadas, el sha sostuvo su autoridad mediante una combinación de reformas, concentración de poder y represión. Su policía secreta, la temida SAVAK, fue acusada de torturas, censura y persecución política. Aunque hubo elecciones formales, la oposición real era prácticamente inexistente. Washington respaldó al régimen como un pilar de estabilidad en Medio Oriente.
Ese equilibrio, sin embargo, era frágil. La modernización forzada, la desigualdad y la represión generaron un creciente malestar social. La figura del clero chií, históricamente influyente en la sociedad iraní, comenzó a capitalizar ese descontento. Entre sus líderes emergió el ayatolá Ruhollah Khomeini, quien desde el exilio denunció al sha como un títere de Occidente.
En 1979, la presión popular se volvió imparable. El sha abandonó el país y la revolución islámica transformó por completo la estructura del Estado. La monarquía fue reemplazada por una república islámica basada en el principio del “velayat-e faqih”: el gobierno del jurista islámico. En la práctica, eso significó que la máxima autoridad política y religiosa recaería en un ayatolá.
Los ayatolás son altos clérigos del islam chií duodecimano, rama mayoritaria en Irán. En el nuevo sistema, el Líder Supremo —cargo que tras la muerte de Khomeini ocupó Ali Khamenei— concentra poder sobre las fuerzas armadas, el poder judicial y los principales órganos del Estado. Existen elecciones presidenciales y parlamentarias, pero los candidatos son previamente filtrados por organismos religiosos, lo que limita la competencia real.
El resultado fue un régimen teocrático con rasgos autoritarios, enfrentado a Estados Unidos y a gran parte de Occidente.
El régimen encabezado por el ayatolá Ali Khamenei no solo mantuvo un enfrentamiento permanente con Estados Unidos, sino que fue señalado internacionalmente por promover o respaldar acciones violentas contra otros países y aliados occidentales. El caso más emblemático en la Argentina fue el atentado contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en Buenos Aires, el 18 de julio de 1994, que dejó 85 muertos y más de 300 heridos. La Justicia argentina acusó a altos funcionarios iraníes y a miembros de Hezbollah como responsables del ataque. También se atribuyó a Irán apoyo logístico y financiero a milicias como Hezbollah en Líbano o a grupos armados en Siria e Irak, en una estrategia regional de confrontación indirecta.
En el plano interno, la República Islámica fue cuestionada por su fuerte restricción de libertades civiles. Las autoridades religiosas consolidaron un sistema donde la oposición política es limitada, la prensa enfrenta censura y las minorías —incluidas mujeres y personas LGBT— padecen severas restricciones legales y sociales. Las protestas por el uso obligatorio del velo o por derechos civiles fueron reprimidas en distintas etapas. Así, la historia iraní muestra un recorrido pendular: del gobierno parlamentario de Mohammad Mossadegh al autoritarismo del sha Mohammad Reza Pahlavi, y de allí a una revolución que prometió justicia social pero derivó en un régimen teocrático con rasgos duros y excluyentes, cuya lógica interna terminó siendo también implacable con muchos de sus propios ciudadanos.
La paradoja histórica es evidente: la intervención de 1953, diseñada para proteger intereses estratégicos y frenar influencias externas, terminó contribuyendo a la gestación de un sistema profundamente antioccidental.
El periodista e historiador Stephen Kinzer sostiene en su libro All the Shah’s Men que el golpe contra Mossadegh no solo alteró el destino de Irán, sino que dejó una herida duradera en la relación bilateral. Desde esa perspectiva, cada nueva escalada militar revive una memoria histórica que en Irán no está olvidada.
Así, la pregunta “¿de dónde salió el ayatolá?” no tiene una única respuesta religiosa o cultural. También es geopolítica. Nació de una revolución, sí, pero esa revolución fue, en parte, hija de una intervención extranjera que cambió el curso del país hace más de 70 años.
