
Un grupo de científicos logró que neuronas humanas cultivadas en laboratorio aprendan a jugar al clásico videojuego Doom. El experimento, desarrollado por la empresa australiana Cortical Labs, combina células vivas con microchips electrónicos en una computadora híbrida. Aunque todavía se trata de una demostración experimental, el avance abre una discusión profunda sobre el futuro de la inteligencia artificial, la computación biológica y los límites éticos de la tecnología.
Durante décadas, la informática se desarrolló sobre una base clara: chips de silicio, circuitos electrónicos y software. Sin embargo, un experimento reciente sugiere que el futuro podría ser muy distinto. Investigadores de la empresa australiana Cortical Labs lograron que neuronas humanas vivas cultivadas en laboratorio aprendan a jugar al clásico videojuego Doom, en lo que ya se considera uno de los avances más llamativos en el campo de la llamada “computación biológica”.
El sistema utilizado se llama CL1, una computadora híbrida que combina microelectrónica con tejido neuronal vivo. En lugar de procesadores tradicionales, el dispositivo incorpora aproximadamente 200.000 neuronas humanas cultivadas sobre una matriz de electrodos que les envía y recibe señales eléctricas.
En términos simples, las neuronas no “ven” la pantalla del videojuego como lo haría una persona. En cambio, el sistema traduce los eventos del juego —como la aparición de enemigos o el movimiento del personaje— en patrones eléctricos que estimulan el cultivo neuronal. Las respuestas eléctricas generadas por esas células se interpretan luego como comandos dentro del juego, por ejemplo moverse o disparar.
Aunque el rendimiento del sistema todavía es rudimentario —las neuronas juegan como un principiante— el experimento demostró algo clave: las redes neuronales biológicas pueden aprender y adaptarse a estímulos en tiempo real dentro de un entorno digital.
Este logro no surge de la nada. En 2022, el mismo equipo ya había mostrado que neuronas cultivadas podían aprender a jugar Pong, uno de los videojuegos más simples de la historia. Doom representa un desafío mucho mayor: un entorno tridimensional con enemigos, movimiento y múltiples decisiones simultáneas.
El objetivo de estos experimentos no es crear “jugadores biológicos”, sino explorar una forma completamente nueva de computación. A diferencia de los sistemas de inteligencia artificial tradicionales, que requieren enormes centros de datos y gran consumo energético, el cerebro humano es extremadamente eficiente. Un sistema biológico puede procesar información compleja utilizando apenas una fracción de la energía que consumen los modelos actuales de IA.
Por eso, algunos investigadores creen que esta tecnología podría convertirse en una alternativa o complemento a los sistemas de inteligencia artificial basados exclusivamente en software. Las neuronas biológicas poseen una capacidad de aprendizaje flexible que aún resulta difícil de replicar mediante algoritmos.
Además, estas plataformas podrían tener aplicaciones en medicina. Al trabajar con neuronas reales, los científicos podrían estudiar enfermedades neurológicas, probar fármacos o comprender mejor cómo funcionan los procesos de aprendizaje y memoria.
Sin embargo, el avance también abre un debate ético complejo. A medida que estos sistemas incorporen más neuronas y redes más complejas, algunos expertos se preguntan si podrían surgir formas rudimentarias de conciencia o experiencias biológicas dentro de estos dispositivos.
Hoy el experimento parece una curiosidad tecnológica: un pequeño grupo de células aprendiendo a jugar un videojuego de los años noventa. Pero para muchos investigadores es también una señal de algo más profundo: la posibilidad de que, en el futuro, las computadoras no solo estén hechas de silicio, sino también de tejido vivo.
Y si eso ocurre, la frontera entre biología y tecnología podría empezar a desaparecer.
