
Un hombre de Borgo Virgilio, en el norte de Italia, fue detenido tras disfrazarse de su madre muerta para renovar su documento de identidad y seguir cobrando su pensión. En su casa, la policía encontró el cuerpo momificado de la mujer, oculto durante años. El caso mezcla elementos grotescos con una radiografía social inquietante: abandono, crisis económica y fallas estructurales del Estado.
La realidad supera a la ficción… y por goleada
En Borgo Virgilio, provincia de Mantua, ocurrió una historia tan absurda que parece escrita por un guionista en plena resaca creativa. Un hombre de 57 años, ex enfermero y desempleado, decidió que la muerte de su madre, Graziella Dall’Oglio, no debía interrumpir el flujo de dinero que aportaba su pensión. Según las primeras pesquisas, la mujer habría fallecido hace unos tres años. Él optó por no informar el deceso y continuar cobrando, embolsando más de 50.000 euros anuales.
Hasta ahí, un fraude más de los muchos que suelen aparecer en los boletines judiciales europeos. Pero lo verdaderamente insólito vino después: para mantener viva la ilusión burocrática de que su madre seguía entre nosotros, el hombre se disfrazó de ella.
Sí. Literalmente.
Peluca, maquillaje y perlas: una suplantación tan torpe como siniestra
Para realizar los trámites necesarios —especialmente renovar el carné de identidad de la mujer—, el hijo se maquilló, se puso una peluca, vistió ropa femenina y hasta se pintó las uñas. El detalle más comentado en Italia fue el “look”: vestido estampado, collar de perlas, bolso clásico… y un vello oscuro en el cuello que ni la mejor base de maquillaje podía disimular.
El 11 de noviembre, su osado intento llegó al límite. Se presentó en la oficina municipal interpretando a Graziella. Pero la escena no convenció a nadie. La voz grave aparecía cada tanto, las manos no parecían las de una anciana, y la estatura y la complexión denunciaban una anatomía bastante poco femenina. Una funcionaria, lejos de caer en la farsa, pidió que “la señora” regresara al día siguiente.
Esa cortesía fue en realidad una maniobra perfecta para ganar tiempo: la funcionaria avisó a las autoridades, y cuando el hombre volvió para continuar el trámite, la policía lo estaba esperando.
Un hallazgo que llevó el horror al siguiente nivel
El arresto no fue el punto culminante, sino apenas el preludio. Al registrar la vivienda del sospechoso, los agentes encontraron un descubrimiento aún más perturbador: el cuerpo de la madre, cuidadosamente envuelto y momificado de manera rudimentaria.
El cadáver llevaba años dentro de la casa, preservado lo suficiente para no desprender olores intensos. El hijo vivía literalmente acompañado por el cuerpo de la mujer cuya identidad suplantaba frente al Estado.
El catálogo de delitos es amplio: ocultación de cadáver, suplantación de identidad, estafa al sistema previsional y falsedad documental. La fiscalía italiana deberá determinar cuántos años estuvo cobrando la pensión de manera fraudulenta y si hubo algún tipo de manipulación posterior al fallecimiento.
Más allá del grotesco: el trasfondo social del caso
Aunque la historia genera hilaridad involuntaria por lo absurdo del disfraz y por los errores dignos de una comedia negra, el contenido de fondo es bastante más oscuro. Expone varias fallas estructurales:
1. Soledad y abandono.
Muchos adultos mayores en Italia viven aislados, sin controles sanitarios ni visitas regulares. La muerte puede pasar desapercibida durante años.
2. Crisis económica y precarización.
El hijo, un enfermero desempleado, parece haber recurrido al fraude como único sostén económico. No lo justifica, pero lo contextualiza.
3. Fragilidad institucional.
La estafa se descubrió no por un sistema de control, sino por el ojo atento de una empleada municipal. La burocracia italiana, como la de tantos países, sigue dependiendo más de la intuición humana que de mecanismos eficientes.
Una advertencia disfrazada de sátira
El caso es macabro, sí, pero también triste. Y deja una enseñanza incómoda: detrás del disfraz ridículo y la anécdota viral, hay un Estado que falla, un anciano sin acompañamiento, y una red de control social que permite que los muertos sigan viviendo… al menos en los registros.
