
El escándalo que involucra a Manuel Adorni ya empieza a generar consecuencias dentro del oficialismo porteño y amenaza con escalar a nivel nacional. A pesar del respaldo explícito del presidente Javier Milei, crecen las dudas en su entorno político, donde algunos sectores advierten que el costo de sostenerlo podría ser más alto que dejarlo caer en medio de un escenario cada vez más delicado.
A pesar del apoyo incondicional del presidente a su ladero Adorni, parece que la estructura se puede caer con el peso de las pruebas cada vez más consistentes. Lo que en un primer momento fue interpretado como un ruido mediático comienza a adquirir densidad política y judicial, afectando no solo la imagen del vocero presidencial sino también el armado de La Libertad Avanza en la Ciudad de Buenos Aires.
En paralelo, la tensión con el PRO vuelve a recalentarse. Dirigentes del espacio amarillo ven en esta crisis una oportunidad para recuperar protagonismo en el distrito, mientras que dentro del oficialismo libertario crecen las discusiones sobre las candidaturas de cara a 2027. La figura de Adorni, que hasta hace poco era considerada clave en la estrategia comunicacional del gobierno, hoy aparece como un factor de riesgo.
La opinión pública quiere que se vaya. Distintas encuestas recientes comenzaron a mostrar un deterioro en la imagen del funcionario, con niveles crecientes de rechazo y una percepción negativa que se amplifica a medida que avanzan las revelaciones. El desgaste no es menor: en un gobierno que basa buena parte de su legitimidad en la opinión social, estos números encienden alarmas.
A pesar de que Milei se pone caprichoso en defender a su amigo, la realidad golpea a los asesores, quienes le aconsejan abandonarlo a su suerte. Soltarle la mano, cortar por lo sano, evitar que el escándalo termine contaminando a todo el gobierno. Pero el presidente se niega. Porque Milei podrá ser sospechado de corrupto y estafador por el caso LIBRA, no ser realmente doctor, ser un grosero y un misógino, pero es leal. Y esa lealtad le podrá salir cara si no se despega de Adorni como le aconsejan todos.
Es leal, es cierto. Al menos hasta la puerta del cementerio. Ya que cuando las papas realmente queman, aparece su ideología económica transformada a las relaciones sociales: el individualismo, la noción del sálvese quien pueda, cada uno por su cuenta. Lo mismo pasó con Espert, con quien Milei fue incondicional, hasta que el “profe” —apodo con que el presidente trataba al narcodiputado— se hundió por el propio peso de la corrupción. Allí le soltó la cuerda para no ser arrastrado, y si te he visto no me acuerdo.
Es que no se le puede reprochar al entorno del presidente, querer tirarlo por la borda, ya que cada vez mas salen a la luz irregularidades que cada vez mas complican el cuadro. Entre ellas, las versiones sobre jubiladas que habrían sido utilizadas para mover dinero, préstamos cruzados difíciles de justificar y una trama financiera opaca que todavía no logra explicarse del todo. A eso se sumó la intervención de Adriana Mónica Nechevenko, la escribana cuyo accionar, lejos de ordenar la situación, expuso inconsistencias formales y terminó abriendo nuevas dudas sobre la legalidad de varios movimientos.
Como si fuera poco, también apareció en escena un vínculo con Marcelo Grandio, un allegado proveniente de la TV Pública, lo que amplificó las sospechas sobre posibles redes de favores y conexiones políticas. Grandio, además, figura en la causa como quien habría pagado el viaje en avión privado a Punta del Este, un dato que encendió alarmas judiciales y derivó en nuevas medidas de prueba. Este entramado, cada vez más complejo, no solo deteriora la defensa pública de Adorni, sino que además refuerza la percepción de desprolijidad y falta de transparencia que hoy pesa sobre todo el caso.
En este contexto, el caso Adorni deja de ser un problema individual y se convierte en una prueba de fuego para el liderazgo de Milei. La decisión de sostenerlo o dejarlo caer no solo definirá el futuro del vocero, sino también el rumbo político de un gobierno que enfrenta sus primeras grandes tensiones internas con el poder real.
