El epitafio de Trump se escribe en persa

Bajo la sombra de una crisis interna que carcome los cimientos de Washington, Donald Trump apuesta su última carta a una guerra contra Irán. Ignorando las advertencias del alto mando militar y cercado por el descontento masivo, el mandatario busca en el conflicto externo la “bomba de humo” definitiva. Sin embargo, en un escenario de Estado fallido, la ofensiva persa podría ser el clavo final en su ataúd político.


Desde hace unos meses Estados Unidos vive un descontento como nunca en su historia se vio. No es exageración, son números que hablan. Bajo la consigna “no kings”, millones de personas salieron a las calles en abril de 2025 en 1.400 ciudades; luego en junio de 2025, abarcando más de 3.000 ciudades bajo la iniciativa “50501” (50 estados, 50 protestas, 1 movimiento). Salieron a la calle repitiendo la consigna. El ciudadano norteamericano votó un presidente, no un monarca. Y ahora, la semana pasada, el 25 de marzo de 2026, las calles volvieron a hablar; nuevamente millones de personas en todo el país salieron disfrazados, con muñecos, con carros alegóricos y carteles burlándose y pidiendo la renuncia de Trump. Hace años que no se veía un descontento tan grande y tan masivo en Estados Unidos.

Quizá hay que ir a los años de la guerra de Vietnam, en donde manifestaciones gigantes llenaban el país; en aquellos tiempos no solo impulsados únicamente por el espíritu antibelicista del momento, sino también por la lucha de los derechos afroamericanos impulsados por Martin Luther King, Malcolm X, James Baldwin y el movimiento hippie apalancado a la revolución del ’68. Es decir, este descontento masivo actual es todo de Trump.

Cuando Trump llega al poder con su promesa de no a las guerras dijo claramente: “necesitamos hacer América grande de nuevo, (…) el dinero que se va en guerras traerlo a Estados Unidos”. Algo que, para la realidad del ciudadano estadounidense, llena de deudas y desempleo, sonó esperanzador. Pero este ciudadano norteamericano con un mal sistema de salud, que vive con miedo a enfermarse y tener que endeudarse por años, no contaba con los negocios detrás de la guerra; y cuando Netanyahu convenció a Trump —quien no tiene muchas luces para la geopolítica— toda promesa pacifista se fue por el retrete.

Mucho del rápido acompañamiento a la guerra (a mi parecer) tuvo que ver con las denuncias en las que Trump se vio envuelto en los archivos del pederasta y amigo Epstein. Todo ese escándalo necesitaba una bomba de humo. Usar una distracción para desviar la mirada es algo que magos y políticos han hecho siempre; la vieja táctica de manual, como el bombardeo de Clinton a Sudán durante el escándalo Lewinsky. ¿El problema? La bomba de humo fue meterse con el eterno enemigo: Irán.

Bajo la excusa de que estaban enriqueciendo uranio para hacer bombas atómicas, pegaron el grito en el cielo y los atacaron, pensando que la gente estaba enojada con el Ayatolá. Algo que, para nosotros, los occidentales —la “terrible Irán”, con sus crímenes, su falta de derechos y su monoteísmo fanático— es visto como despreciable. Para ellos es su forma de vida difícilmente comprendida por Occidente. Para colmo de males, cae la bomba y mata al ayatolá Alí Hoseiní Jameneí. Y de allí, nada tiene vuelta atrás.

¿Acaso el país más armado y preparado bélicamente de la historia cometió un error táctico tan visible? Es como si Kaspárov olvidara apretar el relojito después de mover una pieza. Al contrario, hubo varias voces que le intentaron advertir directamente al presidente de EE. UU.: que un avance contra Irán era muy mala idea y podría traer consecuencias terribles; que el estrecho de Ormuz, que la dificultad geográfica para atacar por tierra, que la cercanía de fuego a sus aliados petroleros, etc.

Se ha reportado que Trump arremetió contra varios informes en los cuales altos generales advertían sobre los riesgos; de hecho, luego de comenzado el ataque a Irán, varios militares renunciaron públicamente. Así y todo, Trump continuó en una misión cuasi suicida —al menos para su carrera política— porque los muertos siempre son los mismos: ciudadanos pobres de ambos bandos.

Sun Tzu, el más grande teórico de estrategia militar, escribió: “Hay ejércitos que no deben ser combatidos, terrenos que no deben ser ocupados y ciudades que no deben ser sitiadas”. Por las dificultades que significan, Irán encaja perfectamente en esa definición por su geografía compleja encerrada en montañas con poco acceso, el belicismo fusionado en religión de su población, por su cercanía a lugares estratégicos como las plantas desalinizadoras que dan vida a toda la península y los nodos de cables submarinos que sostienen el tráfico global de datos, y sobre todo porque pueden pisar la manguera de Ormuz a su antojo.

Y aquí está Trump queriendo (necesitando) salvar su imagen para afuera, ya que adentro ha perdido toda presidenciabilidad, todo respeto. Para Estados Unidos, para el normal de la gente de Estados Unidos, Trump es un idiota que está sediento de poder. En las reuniones todos los demás líderes del mundo lo ven como el idiota poderoso y molesto que se ganó la lotería y se los enrostra en la cara.

“Para detener la revolución, necesitamos una pequeña guerra victoriosa”

El ministro del Interior del zar Nicolás II, Viacheslav von Plehve, dijo explícitamente la frase escrita en el subtítulo. Y es que esto, este chivo expiatorio o hipótesis del conflicto externo, es un concepto clásico. Cuando a Margaret Thatcher los obreros mineros ingleses casi hacen caer su gobierno, aprovechó que al otro lado del mundo, en Malvinas, un grupo de militares en decadencia querían patriotizar su despedida. Para Thatcher y la dictadura argentina, la guerra de Malvinas no se trató de soberanía, sino de una triste forma de lograr el clamor popular perdido. Inglaterra nos derrotó y Thatcher es recordada en su país como una gran líder.

Trump internamente está destruido y creyó que esta aventura belicista le devolvería el favor perdido de su pueblo. Hoy Estados Unidos es un estado fallido, término que se usa generalmente para los países de posguerra, pero que para Estados Unidos es una perfecta definición: el país más rico del mundo, con gente pobre y analfabetismo récord. Ciudades abandonadas, pandemias de drogas en las calles, inseguridad. Trump quiso jugarse la última bala intentando atacar a alguno de Medio Oriente, y ese alguno fue Irán. Y ese Irán lo hará caer.

A Trump no le queda mucho espacio para maniobrar el barco a la deriva mientras China, siguiendo la máxima “cuando tu enemigo se equivoca no lo interrumpas“, está haciendo lo que cualquier país inteligente haría: dejarlo actuar, que con paciencia Trump solo se mete en problemas.

Trump no lo sabe, pero su epitafio se está escribiendo en idioma persa.

Fernando Chinellato
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Profesor de música y estudiante de Filosofía. Creador de La Redada Diario.

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