
La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán ya tiene un impacto directo sobre la economía mundial. El tránsito marítimo por el estratégico estrecho de Ormuz cayó a apenas 77 barcos en marzo, cuando en condiciones normales circulan más de mil. El conflicto disparó los precios del petróleo y del gas, golpea especialmente a Europa y abre un nuevo escenario geopolítico: Rusia vuelve a ganar peso energético mientras el sistema energético global entra en una fase de incertidumbre.
El estrecho de Ormuz es uno de los puntos más sensibles del comercio mundial. Por esa franja marítima de apenas unos kilómetros de ancho pasa cerca del 20% del petróleo que consume el planeta y buena parte del gas natural licuado exportado desde el Golfo Pérsico. Por eso, cuando el tránsito se interrumpe, el impacto no es regional sino global.
Eso es exactamente lo que está ocurriendo ahora. La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán provocó un derrumbe histórico del tráfico marítimo: durante marzo apenas 77 barcos cruzaron el estrecho de Ormuz, una cifra ínfima frente a la circulación habitual.
La caída refleja el temor de las navieras a navegar en una zona donde ya hubo ataques, minado marítimo y operaciones militares. Desde fines de febrero, cuando comenzaron los bombardeos estadounidenses e israelíes sobre objetivos iraníes, el Golfo Pérsico se convirtió en uno de los principales frentes de la guerra.
El resultado fue inmediato: el flujo de petróleo y gas se redujo abruptamente y los precios energéticos comenzaron a dispararse. Analistas de mercado advierten que el bloqueo parcial del estrecho amenaza con provocar el mayor shock energético desde la crisis petrolera de los años setenta.
La escalada militar se profundizó en los últimos días. Estados Unidos atacó instalaciones estratégicas iraníes, entre ellas infraestructuras vinculadas a la exportación de petróleo, mientras Teherán respondió con amenazas de destruir instalaciones energéticas vinculadas a Washington en la región.
En este escenario, el impacto económico ya empieza a sentirse con fuerza, especialmente en Europa. El continente, que todavía lidia con las consecuencias energéticas de la guerra en Ucrania, vuelve a enfrentar un aumento abrupto de los precios del gas. Desde el inicio del conflicto en el Golfo, el gas europeo subió cerca de un 70%, presionando a industrias y gobiernos.
Aunque Europa redujo drásticamente su dependencia del gas ruso tras la invasión de Ucrania —pasando de cerca del 40% del suministro a apenas alrededor del 6%— el mercado energético global sigue interconectado. Si se corta el flujo desde Medio Oriente, los precios suben para todos.
Ahí aparece el gran ganador geopolítico del conflicto: Rusia.
Con la oferta energética global en tensión, Moscú recupera margen de maniobra. El Kremlin ya dejó entrever que podría reorientar sus exportaciones o utilizarlas como herramienta política frente a Europa, que vuelve a quedar expuesta a un mercado volátil y escaso.
La situación se volvió aún más compleja después de que Washington flexibilizara temporalmente algunas restricciones al petróleo ruso para compensar la caída de suministros provocada por la guerra. La decisión generó fuertes críticas de gobiernos europeos, que ven la medida como un debilitamiento de la presión internacional sobre Moscú.
Mientras tanto, el comercio marítimo sigue prácticamente paralizado en el Golfo. Decenas de petroleros permanecen anclados esperando condiciones de seguridad para cruzar el estrecho, lo que incrementa los costos del transporte y alimenta aún más la volatilidad de los mercados energéticos.
En términos geopolíticos, el resultado empieza a ser claro. La ofensiva impulsada por el presidente estadounidense Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu contra Irán no sólo abrió un nuevo frente militar en Medio Oriente, sino que también reconfiguró el tablero energético mundial.
Con Ormuz prácticamente bloqueado, Europa vuelve a quedar en una posición vulnerable, los precios globales de la energía se disparan y Rusia observa desde la tribuna cómo su peso estratégico vuelve a crecer.
La guerra, una vez más, termina redefiniendo quién tiene la llave del gas y del petróleo que mueve al mundo.
