Cuando el poder teme a los jóvenes y ensucia la política

Las elecciones en San Rafael dejaron al descubierto algo más profundo que una disputa electoral: el choque entre una estructura con décadas de poder y un espacio joven que, casi sin recursos, decidió competir. Denuncias de juego sucio, presiones y maniobras judiciales marcaron una campaña que terminó resolviéndose, paradójicamente, en la Corte.


En San Rafael no solo se discuten bancas. Se discute poder. Se discute quién puede participar y quién debe quedarse mirando desde afuera. Se discute si la política es un espacio abierto o un club cerrado.

El espacio San Rafael Futuro, integrado mayormente por jóvenes y militantes sin aparato económico, decidió competir en igualdad formal de condiciones frente a una estructura consolidada, con años de gestión, recursos, medios alineados y redes de influencia. El contraste fue evidente desde el primer día: una campaña austera frente a una maquinaria aceitada.

Pero lo que comenzó como una competencia electoral pronto se convirtió en algo más áspero.

Durante semanas circularon versiones, publicaciones y comentarios en medios locales que —según denuncian desde el espacio emergente— distorsionaban hechos, amplificaban rumores y presentaban información falsa. La lógica no parecía ser la del debate de ideas, sino la del desgaste. En política, la asimetría de recursos no es nueva. Lo novedoso fue la intensidad.

También hubo movimientos en el plano judicial. Una presentación impulsada por el diputado José Luis Ramón solicitó la suspensión del proceso electoral para convencionales municipales. La discusión llegó hasta la Suprema Corte de Justicia de Mendoza, que citó a audiencia de conciliación el 18 de febrero.

El comunicado oficial fue claro: las elecciones para convencionales municipales se realizarán el 22 de febrero. Además, se acordó que el eventual texto de la Carta Orgánica deberá ser sometido a referéndum ciudadano antes de adquirir vigencia. Es decir, no solo hubo elección, sino que la última palabra quedó en manos de la ciudadanía.

Paradójicamente, lo que algunos intentaron frenar terminó reforzando el carácter democrático del proceso: la discusión será doblemente validada por el voto popular.

Pero la tensión no se limitó a tribunales y medios. Desde el espacio denunciaron llamados individuales a candidatos para ofrecer incentivos a cambio de bajarse de las listas. Ofrecimientos, promesas, sugerencias. La vieja política intentando fragmentar antes de competir.

Esa práctica revela algo más profundo que una simple maniobra electoral. Revela miedo. Miedo a perder control. Miedo a que nuevos actores ingresen al escenario. Miedo a que la política deje de ser patrimonio de unos pocos.

Cuando alguien ha pasado toda su vida en política, debería tener la serenidad democrática de aceptar competencia. Dejar que las urnas hablen. Si un grupo de jóvenes quiere participar, lo esperable sería celebrar la vitalidad democrática, no obstaculizarla.

Aquí aparece la reflexión más incómoda: ¿qué ocurre cuando se tiene todo? Cuando se controla presupuesto, estructura, visibilidad, redes, aparato. Cuando la política deja de ser una herramienta de transformación y se convierte en un mecanismo de conservación.

El poder, cuando se vuelve fin en sí mismo, se degrada. Se transforma en administración de privilegios. En defensa del lugar propio. En la obsesión por conservar el trono de un castillo de cartas.

Esa visión estrecha reduce la política a una competencia por espacios y no a una herramienta para mejorar la vida del pueblo. Y cuando esa lógica se naturaliza, no es solo un problema de San Rafael: es un síntoma nacional.

Porque el mensaje que queda es devastador: que la política no es para transformar, sino para perpetuarse. Que no importa el proyecto, sino la supervivencia. Que la juventud es una amenaza y no una esperanza.

Sin embargo, las elecciones se realizaron. Hubo voto. Hubo decisión popular. Y eso, más allá de las maniobras denunciadas, es una victoria democrática.

Ahora bien: estas elecciones se perdieron. Ese es el dato frío. Las urnas marcaron una diferencia clara. Pero la política no se agota en una noche electoral ni en un porcentaje.

No es épico quien pelea solo cuando sabe que puede ganar. Lo verdaderamente épico es quien, aun sabiendo que enfrente tiene un gigante —con aparato, recursos, medios y décadas de estructura— decide dar la batalla igual. Decide exponerse. Decide competir. Decide no resignarse.

Y eso fue lo que ocurrió.

Un grupo de jóvenes, casi sin presupuesto, enfrentó a una maquinaria consolidada. No para hacer ruido pasajero, sino para abrir una grieta en la inercia. Y abrir una grieta en política ya es un hecho transformador.

Las estructuras tradicionales suelen confundir hegemonía con eternidad. Creen que porque hoy controlan el tablero, lo controlarán siempre. Pero la política es movimiento. Es tensión. Es renovación. Y cuando la renovación aparece —aunque sea pequeña— comienza a horadar.

Perder una elección no es desaparecer. Es nacer políticamente.

Porque cuando un espacio nuevo irrumpe, obliga al poder a reaccionar. Lo saca de su comodidad. Lo pone a la defensiva. Lo obliga a desplegar todo lo que tiene para conservar. Y cuando alguien que tiene todo necesita usar todo para ganar, algo ya cambió.

Hay derrotas que son silencios. Y hay derrotas que son semillas.

Lo que comenzó en estas elecciones no se agota en el resultado. Se encendió una llama. Y como toda gran llama, va a costar apagarla. Podrán intentar minimizarla, desacreditarla o ignorarla. Pero cuando una generación pierde el miedo a participar, algo se modifica para siempre.

Tal vez este no fue el momento del triunfo electoral. Pero puede haber sido el primer paso de un camino mucho más grande. De acumulación, de aprendizaje, de consolidación, de construcción paciente.

Porque la política verdadera no se mide solo en victorias inmediatas, sino en la capacidad de sostener una convicción en el tiempo.

Y esa convicción ya empezó a caminar.

Fernando Chinellato
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Profesor de música y estudiante de Filosofía. Creador de La Redada Diario.

36 thoughts on “Cuando el poder teme a los jóvenes y ensucia la política

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