Por Ayelén Ferreyra

Un llamado a no naturalizar los cambios en materia laboral y a reflexionar críticamente sobre el impacto social de las reformas en debate. Entre la posverdad, la polarización y el cansancio ciudadano, el texto advierte sobre la pérdida de derechos, cuestiona las narrativas dominantes y propone recuperar la conciencia colectiva frente a decisiones que afectan a las mayorías.
Una vez más unos/as pocos/as tienen en sus manos el futuro de muchos/as. Unos/as pocos/as deciden si volveremos a una era de la esclavitud disfrazada, claro está, de “reforma laboral modernizada”.
Me preocupa que seamos sólo una minoría quienes somos conscientes del atraso en derechos laborales y humanos que significa esta reforma. Me preocupa que exista un apagón cognitivo de gran parte de la sociedad argentina que: o no logra entender el significado de esta reforma para su futuro, el de sus hijos/as, sobrinos/as o nietos/as; o, con tal de tener razón, pretende sostener su postura a favor del gobierno, apoya cualquier cosa y no admitir que se equivocó al votar a Milei; y no ser capaces de reconocer que le quitaron sus derechos, que no le alcanza para comer y que le suben los alimentos y los impuestos todos los meses.
Es real que vivimos en el mundo de la posverdad y que los medios de comunicación y las redes sociales alimentan y reafirman las posturas de odio a través de las fake news. Ernesto Calvo y Natalia Aruguete, en su libro Fake News, Trolls y otros encantos, han explicado que en el funcionamiento de las redes la información no circula libremente, sino a través de tres procesos: la atención selectiva (solo atendemos a lo que confirma nuestra visión), la activación en cascada (compartimos contenidos con los que acordamos, poniéndolos en el muro de otros) y los elementos de encuadre (marcos que definen cómo interpretamos un evento).
El método por el cual se niega la evidencia fáctica se divide en tres mecanismos:
Razonamiento motivado: Ocurre cuando el usuario realiza un esfuerzo cognitivo para que la realidad se ajuste a sus creencias previas. Se “conectan los puntos” de forma tal que el resultado valide el prejuicio. En este caso, un sector de la sociedad puede interpretar y convencerse de que la flexibilización (como el “banco de horas” o el cambio en indemnizaciones) no es una pérdida, sino una “modernización” o “libertad” para contratar, conectando estos puntos con una narrativa de crecimiento económico.
Acto expresivo (Razonamiento perlocucionario): Aquí el usuario sabe que la información es falsa, pero decide afirmarla de todas formas como un acto de violencia política. No es un error de percepción, sino una intención comunicativa de “escupir” una respuesta que indigne al oponente.
Parte de la sociedad apoya la reforma no porque entienda cada artículo, sino porque ve en ella un golpe al “poder sindical” o al “kirchnerismo”, al que perciben como su enemigo. Es un voto o una opinión expresiva: “apoyo esto porque mis enemigos lo odian”. Esta polarización afectiva crea una ruptura del consenso cognitivo: ya no se discute la ley, sino que habitan en una realidad paralela donde el otro es visto como una amenaza existencial al que hay que eliminar.
Ruptura del consenso cognitivo: El método culmina en una “balcanización de las narrativas”, donde los hechos fácticos dejan de ser una base común. La verdad se vuelve secundaria al alineamiento político: “Solo sé lo que me contaron mis amigos”. En el Congreso, mientras se debaten tecnicismos como el “Fondo de Asistencia Laboral”, en las redes y la calle lo que ocurre es una batalla de narrativas.
Pienso que, finalmente, el individualismo le ha ganado a lo colectivo, que el odio hacia el otro tiene su culminación en esta indiferencia sobre lo que hoy está sucediendo en el Congreso. “Yo estoy en negro, no tengo derechos, ya laburo 12 horas, no me importa”, “No tengo trabajo, que no se quejen”, “No saben lo que es el esfuerzo, vayan a laburar” son cosas que he escuchado y leído en relación a este tema, siendo una mezcla de odio, envidia y dolor por lo no obtenido, por los ocho años de desilusión constante con la política.
Déjenme decirles que esas personas pueden ahora disfrutar ese “triunfo” contra los “gremios” y el “kirchnerismo”; más tarde sufrirán las consecuencias de su apoyo. Le cuento que:
- No tendrán más horas extras sino un banco de horas a merced del empleador.
- Flexibilización laboral: pasarán a trabajar de 8 a 12 horas.
- La cantidad de días de vacaciones ya no serán a partir de 14 días, sino de 7 días, y en las fechas en que el empleador decida.
- Limitación del derecho a huelga: Servicios Esenciales y Estratégicos. Se amplía la lista de sectores que deben garantizar guardias mínimas. Los servicios “críticos” deben garantizar un 75% de funcionamiento, y los “estratégicos” (salud, transporte, educación, banca) un 50%.
- Descuento de días: Se establece por ley que el trabajador no percibirá salario por las horas no trabajadas debido a medidas de fuerza.
Estas son algunas de las medidas de un gran proyecto de reforma laboral que no tiene ni un solo beneficio para la clase trabajadora. Los/as trabajadores/as dejan de ser sujetos de derechos y se convierten en esclavos de los empleadores. ¿Vale la pena aceptar todas estas reformas solo por odio, para que el “kirchnerismo” no vuelva? ¿Vale la pena este tiro en el pie?
Una cosa es tener una opinión diferente, fundamentada, y defender a este gobierno con argumentos y con una real convicción. Otra es odiar al que tenés al lado, desearle lo peor por el solo hecho de pensar diferente, de tener convicciones diferentes. Considero que, en temas tan sensibles que afectan a toda la sociedad, se debe dejar el revanchismo de lado y unirnos en pos de defender nuestros derechos.
Por último, a riesgo de parecer contradictoria, puedo entender la desilusión de gran parte de la sociedad, que realmente es indiferente a lo que suceda porque viene perdiendo hace años frente a un sistema que no les da respuesta (independientemente del partido político de turno). Hay otra gran cantidad de individuos que no se sienten representados por sus partidos políticos, que se sienten solos y cansados, que ya no tienen ganas de luchar, que ven a sus representantes (del peronismo, por ejemplo) apoyar esta reforma, demostrando que la vieja política volvió y con ello las coimas.
