Una hipótesis geopolítica plantea que Estados Unidos podría estar quedando en posición de administrar o condicionar la comercialización del petróleo venezolano, generando tensiones con China, Rusia y el bloque BRICS. Aunque varias afirmaciones circulan en formato simplificado, el escenario permite analizar cómo sanciones, mercados energéticos y monedas de intercambio configuran hoy una disputa estratégica que va mucho más allá del crudo.

En las ultimas semanas, el petróleo venezolano volvió al centro de la discusión geopolítica internacional. Diversos análisis sostienen la hipótesis de que Estados Unidos no se “queda” formalmente con el recurso —que sigue siendo soberano— pero sí podría estar en condiciones de influir o condicionar de manera decisiva su comercialización externa mediante sanciones, licencias operativas, acuerdos empresariales y control de canales financieros.
Desde el punto de vista jurídico, ningún Estado puede apropiarse directamente del petróleo de otro país sin una modificación radical de su estatus político. Sin embargo, en la práctica internacional existe algo distinto: el control indirecto de flujos comerciales. Cuando un actor dominante puede habilitar o bloquear exportaciones, financiamiento, seguros marítimos y mecanismos de pago, su capacidad de incidencia sobre el destino real del crudo se vuelve muy significativa.
Uno de los puntos más discutidos es el rol de China. Durante años, Beijing fue uno de los principales destinos del petróleo venezolano, muchas veces en esquemas ligados a préstamos e inversión en infraestructura. La pregunta que surge en el nuevo contexto es si ese flujo puede mantenerse sin fricciones cuando existen sanciones, restricciones y disputas regulatorias. China, como regla general, prioriza la seguridad de suministro, pero también evita operaciones que puedan quedar atrapadas en conflictos legales internacionales.
Rusia aparece en muchos análisis como otro actor clave, aunque su papel es diferente. Más que comprador estructural de petróleo venezolano, ha funcionado como socio estratégico, inversor energético y respaldo político. Al mismo tiempo, Rusia es uno de los mayores exportadores de hidrocarburos del mundo, por lo que su interés central no es importar crudo sino sostener su posición en el mercado global.
Otro aspecto que suele mencionarse es el riesgo de sobreoferta. Si grandes volúmenes de petróleo reingresan al mercado en poco tiempo —por cambios de sanciones, licencias o acuerdos— puede generarse presión bajista en los precios. Sin embargo, el valor internacional del crudo depende de múltiples factores: decisiones de la OPEP, conflictos regionales, niveles de reserva, demanda asiática y expectativas financieras. No responde a un solo movimiento ni a un único país.
En paralelo, crece el debate sobre el papel de las monedas en el comercio energético. El bloque BRICS ha impulsado en distintos foros la idea de ampliar operaciones en monedas locales. Aunque el dólar continúa siendo la divisa dominante en transacciones petroleras, la discusión sobre diversificación monetaria es real y forma parte de una estrategia más amplia de autonomía financiera por parte de varias potencias emergentes.
También es relevante el rol de los grandes centros energéticos de Medio Oriente, donde países como Emiratos Árabes Unidos funcionan como nodos de refinación, comercialización y logística. Estos actores no solo producen, sino que intermedian, procesan y redistribuyen energía, influyendo en rutas y precios.
El punto de fondo es que el petróleo sigue siendo mucho más que un commodity. Es instrumento de negociación diplomática, palanca económica y vector de poder. La discusión sobre quién lo posee es importante, pero en el escenario actual resulta igual o más decisivo quién controla las vías de venta, financiamiento y transporte.
La hipótesis de una administración indirecta del petróleo venezolano por parte de Estados Unidos puede ser discutida en sus términos, pero ilumina una realidad más amplia: en el siglo XXI, el dominio energético no se define solo en los pozos, sino en los mercados, las regulaciones y las redes financieras que permiten —o impiden— que el recurso llegue a destino.
Por otro lado, Donald Trump, afirmó que India estaría dispuesta a comprar petróleo venezolano en vez de crudo iraní, en el marco de esfuerzos diplomáticos y comerciales para reconfigurar el suministro energético global. Trump ha promovido un acuerdo que incluye reducción de aranceles a India y la posibilidad de que Nueva Delhi diversifique sus fuentes de energía, reduciendo compras de Rusia e Irán a cambio de importar crudo de Venezuela y Estados Unidos. Sin embargo, funcionarios indios han matizado que su política energética se guía por el interés nacional y la seguridad del suministro, sin confirmar un cambio definitivo.
En este escenario, en el que Estados Unidos se “adueño” con el petróleo venezolano, mientras China y Rusia recalculan sus movimientos y no piensan comprar petroleo “robado”, éste se acumula y el precio baja. A la vez, la reciente publicación de documentos del caso Epstein —en los que el nombre de Donald Trump aparece mencionado MILES de veces— irrumpe en un momento políticamente sensible para su administración, agregando ruido y controversia a un frente internacional ya tensionado.
