Sedición y delirio: Trump cruza el último límite de la democracia

Luego de las históricas marchas contra su autoritarismo, denominadas “No Kings” la Casa Blanca se convierte en el escenario de una nueva escalada. Con este mensaje, Trump desafía la voluntad popular, confirmando los temores: el rey ha vuelto y con sed de venganza.

En una escalada retórica sin precedentes para una democracia moderna, Donald Trump ha sugerido la pena de muerte para legisladores opositores que instaron al ejército a respetar la Constitución. Lo que en otro tiempo hubiera sido desestimado como una hipérbole de campaña, hoy, en pleno ejercicio del poder, desata una crisis institucional que estremece a los mercados globales, horroriza a las capitales europeas y regala una victoria estratégica a los adversarios de Estados Unidos.


La distancia entre la retórica política agresiva y la incitación a la violencia de Estado solía medirse en kilómetros en Washington. Desde esta mañana, esa distancia se ha reducido a un solo posteo en la red social Truth Social. Al sugerir que seis legisladores demócratas —entre ellos veteranos de combate condecorados— merecen ser juzgados por traición y enfrentar castigos “que incluyen la muerte” simplemente por recordar a las tropas su juramento constitucional, el Presidente de los Estados Unidos no solo ha roto el protocolo; ha roto el pacto de convivencia civil.

No estamos ante un exabrupto matutino más. Estamos ante la criminalización del disenso en su forma más pura y brutal. La acusación de “sedición” contra representantes electos por interpretar la ley de manera diferente al Ejecutivo es una herramienta extraída del manual de los regímenes autoritarios, no de la república de Jefferson y Lincoln. Trump ha transformado una disputa sobre la autoridad militar en un juicio sumario digital, poniendo una diana en la espalda de sus opositores.

El mundo observa con horror y oportunismo

La repercusión internacional ha sido inmediata y devastadora para la imagen de la “ciudad sobre la colina”. En Europa, la incredulidad ha dado paso al pánico diplomático. Editoriales en Le Monde (Francia) y Der Spiegel (Alemania) se preguntan hoy si la OTAN puede seguir siendo liderada por una nación cuyo comandante en jefe amenaza con ejecutar a su propio parlamento. “Estados Unidos coquetea con la guerra civil”, tituló esta mañana The Guardian, reflejando el temor de Londres a que su aliado histórico esté entrando en una espiral de autodestrucción.

En Asia, la lectura es diferente, pero igualmente peligrosa. Medios estatales chinos, como el Global Times, han cubierto la noticia con un tono apenas disimulado de satisfacción, presentando el caos de Washington como la prueba definitiva del “fracaso del modelo democrático occidental”. Para Beijing y Moscú, un Estados Unidos consumido por sus luchas internas y con un liderazgo errático es el escenario ideal: un gigante distraído y fracturado es un gigante inofensivo.

El golpe al bolsillo: La economía del miedo

Si la política tiembla, el dinero huye. Wall Street abrió hoy con una volatilidad que no se veía desde los peores días de la pandemia. El índice VIX (el “índice del miedo”) se disparó un 12% en las primeras horas. Los inversores detestan la incertidumbre, y no hay mayor incertidumbre que un presidente amenazando con purgas al estilo estalinista.

Analistas de Bloomberg y Financial Times advierten que esta retórica pone en riesgo la calificación crediticia de la deuda soberana estadounidense. ¿Quién quiere comprar bonos del Tesoro a 30 años de un país cuyo gobierno sugiere que podría usar la fuerza letal contra sus propios legisladores? El dólar ha mostrado debilidad frente al euro y el yen, una señal clara de que el mercado empieza a descontar un riesgo de “inestabilidad sistémica” en la mayor economía del mundo.

El silencio cómplice y el grito de alarma

La reacción doméstica ha terminado de dibujar el mapa de la fractura. Mientras el Partido Demócrata denuncia lo que llaman “la normalización del fascismo”, figuras republicanas clave han optado por un silencio ensordecedor, temerosas de la base electoral del presidente o, peor aún, normalizando la violencia como herramienta política válida.

Sin embargo, las voces más preocupantes provienen de los pasillos del Pentágono. Off the record, altos mandos militares expresan su consternación. Se les está pidiendo elegir entre la lealtad a una persona y la lealtad a la Constitución, el escenario exacto que los padres fundadores intentaron evitar. El General (R) Mark Milley, en una columna de opinión urgente, advirtió: “Cuando se usa la palabra ‘traición’ a la ligera contra patriotas, se invita al caos en los cuarteles”.

El Error Legal: Por qué la Constitución prohíbe esta pena

Más allá de la alarma política, la sugerencia presidencial es insostenible en el plano legal. Expertos en derecho constitucional y penal federal confirman que la sedición —el delito invocado por Trump— está castigada con prisión (hasta 20 años), no con la pena de muerte. Este castigo capital solo podría aplicarse al delito de traición, definido estrictamente por la Constitución como declarar la guerra o dar ayuda al enemigo, una acusación que los legisladores opositores no cumplen en lo absoluto.

Además, el fundamento de la disputa (instar a las tropas a rechazar órdenes ilegales) es una obligación ética y legal bajo el Código Militar, no un acto sedicioso. La amenaza de Trump no solo es política: es una extralimitación que intenta coartar el Poder Judicial al saltarse el debido proceso, buscando sentenciar a muerte a rivales por decreto digital, una acción que la Constitución prohíbe tajantemente.

Lo ocurrido este de noviembre de 2025 quedará marcado en los libros de historia. No por lo que se hizo, sino por lo que se dijo que se podía hacer. Donald Trump ha abierto la puerta de una habitación oscura en la psiquis estadounidense, una donde el adversario político no debe ser derrotado en las urnas, sino eliminado físicamente. Y una vez que esa puerta se abre, es muy difícil volver a cerrarla sin que nadie salga herido.

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