13 de enero: Día Mundial contra la depresión, una fecha incómoda para un sistema que enferma

Cada 13 de enero se lo menciona como el “día más triste del año”. Pero la depresión no es una fecha ni un estado de ánimo pasajero: es un síntoma social que el sistema prefiere individualizar para no asumir responsabilidades colectivas.

El 13 de enero aparece cada año en agendas, notas ligeras y publicaciones de redes como el supuesto “día más triste del año”. La etiqueta, conocida como Blue Monday, se apoya en fórmulas dudosas y en una idea peligrosa: que la tristeza, el cansancio emocional y la depresión pueden reducirse a un mal momento del calendario. Como si el sufrimiento psíquico fuera una anomalía estacional y no una experiencia profundamente ligada a la forma en que vivimos, trabajamos y nos vinculamos.

La depresión no irrumpe porque enero sea largo, porque se hayan terminado las fiestas o porque el clima sea adverso. La depresión se gesta en la intemperie cotidiana de millones de personas que sostienen su vida bajo presión constante, incertidumbre económica, aislamiento social y una exigencia permanente de rendimiento. Pensarla como un problema individual es funcional a un sistema que necesita sujetos agotados pero silenciosos, tristes pero productivos.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, la depresión es una de las principales causas de discapacidad en el mundo. Sin embargo, el enfoque dominante sigue siendo medicalizante y privatizado: cada persona debe “resolver” su malestar como pueda, pagando terapia si puede, medicación si accede, y cargando además con la culpa de no sentirse bien. Poco se dice de las condiciones estructurales que producen ese malestar de forma sistemática.

Vivimos en una época que promete felicidad constante. El mandato es claro: hay que estar bien, ser resiliente, reinventarse, sonreír incluso en la catástrofe. La tristeza se vuelve sospechosa; el silencio, incómodo; la depresión, un fracaso personal. Así, quien no puede sostener el ritmo es empujado al margen, patologizado o directamente descartado. No es casual que los índices de depresión crezcan al mismo tiempo que se debilitan los lazos comunitarios y se precariza la vida.

El problema no es que alguien esté triste. El problema es una organización social que rompe redes, que convierte el tiempo en mercancía y que mide el valor humano en términos de productividad. Cuando el trabajo ya no garantiza dignidad, cuando el futuro se vuelve opaco y cuando el otro deja de ser refugio para convertirse en competencia, la depresión deja de ser una excepción y pasa a ser un síntoma colectivo.

El 13 de enero, entonces, puede servir si se lo resignifica. No como una curiosidad estadística ni como una fecha para frases motivacionales, sino como un punto de partida incómodo: una oportunidad para preguntarnos qué tipo de vida estamos sosteniendo y a costa de qué cuerpos y subjetividades. Porque no hay salud mental posible en sociedades enfermas de desigualdad, violencia simbólica y soledad organizada.

Hablar de depresión también implica cuestionar el discurso del mérito. A muchos se les exige “salir adelante” sin reconocer que parten desde lugares radicalmente distintos. La tristeza persistente no es solo química cerebral; es también el resultado de vivir bajo amenaza constante, de no llegar a fin de mes, de sentir que el esfuerzo no alcanza y que el reconocimiento nunca llega. Pedir optimismo en ese contexto es una forma de crueldad.

Contra la depresión no alcanza con repetir que “todo va a mejorar”. Hace falta reconstruir comunidad, recuperar espacios de cuidado colectivo y volver a politizar el sufrimiento. Nombrar que el malestar no es una falla individual sino una señal de alarma social. Escuchar sin juzgar. Acompañar sin diagnosticar de inmediato. Y, sobre todo, discutir el modelo de vida que se presenta como inevitable.

El capitalismo tardío —con su promesa de libertad infinita— deja a millones atrapados en una soledad profunda. Cada quien debe ser su propio sostén emocional, su propio gerente, su propio salvador. Cuando esa fantasía se cae, aparece el vacío. Y en ese vacío, la depresión encuentra terreno fértil.

Por eso, el 13 de enero no debería ser el día más triste del año, sino uno de los más honestos. Un día para correr el velo, incomodar el discurso dominante y decir lo que muchas veces se calla: no estamos mal porque fallamos, estamos mal porque el mundo que habitamos nos exige demasiado y nos devuelve muy poco.

Hablar contra la depresión es, en última instancia, hablar a favor de una vida más humana. Una vida donde el tiempo no sea solo rendimiento, donde el otro no sea amenaza y donde la fragilidad no sea motivo de vergüenza. Mientras eso no cambie, ninguna fecha del calendario va a resolver lo que es, claramente, un problema político, social y colectivo.

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